Macron: el anti-Trump
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Macron: el anti-Trump

beatriz becerra

13 Feb Macron: el anti-Trump

Mi artículo publicado en Diario Vasco el día 12 de febrero de 2017. A continuación el artículo en español, inglés y francés.
My article published in Diario Vasco on February 12, 2017. Then the article in Spanish, English and French.
Mon article publié dans le Diario Vasco le 12 Février 2017. Suite à l’article en espagnol, anglais et français.

Macron, el anti Trump

Durante años, lo más estúpido que podía hacer un candidato era hablar de Europa. Te lo decía cualquier asesor de comunicación. Daba igual que le explicaras que los problemas globales necesitan soluciones globales o que la legislación europea limita la actuación de los gobiernos nacionales. El asesor argumentaba que eso no lo entendía nadie. Y si te remontabas a la Europa del año 45 para ilustrar el sentido histórico de la Unión, respondía irritado: “la gente no quiere que les hables del pasado, sino de sus problemas de hoy”.
Me pregunto qué pensarán estos asesores de Emmanuel Macron, el hombre del momento en Francia. Candidato independiente a la presidencia de la República, Macron habla de Europa con quien se reúne, incluidos los alumnos de la Universidad Humboldt de Berlín a quienes dio una conferencia en perfecto inglés en enero. Entonces Marine Le Pen le atacó por hablar en un idioma extranjero a una audiencia extranjera. “Pobre Francia”, dijo. No es solo una anécdota. Macron no es el primer político que coloca a la UE en un lugar destacado de su discurso: el Frente Nacional lleva décadas haciéndolo. También Geert Wilders o Nigel Farage. Hemos pagado caro ignorarlos. El Brexit ya se ha producido, Trump ha ganado. El desmantelamiento de la Unión es ya un proyecto (anti)político viable. Mientras el populismo nacionalista impone su marco y los políticos europeos siguen atrapados en los viejos hábitos, Macron ha aceptado el desafío. ¿Queréis hablar de Europa, de la globalización, de nacionalismo? Bien, pues hagámoslo. En francés y en inglés.
Especialista en Hegel tras graduarse en filosofía, pianista con seis años de conservatorio, banquero de inversión con sólidos conocimientos en matemáticas, inspector de finanzas por la prestigiosa Escuela Nacional de Administración, ministro de Economía con Hollande, casado con su antigua profesora de lengua, Emmanuel Macron tiene el perfil cosmopolita y cultivado que tan nerviosos pone a los populistas. No es un político criado a los pechos del aparato de un partido. Carece de hipotecas y dispone de una mirada amplia. Hace unos meses, poco después del Brexit, dejó el gobierno y creó su propia plataforma, En Marcha, que logró el apoyo de miles de franceses demostrando que había y hay un discurso racional y emocionante para quienes desean un cambio no destructivo;  el discurso de una Europa convertida en el mejor lugar del mundo para vivir. Hoy las encuestas le dan más del 20% de los votos, con tendencia al alza, empatado con Fillon (candidato por los Republicanos) y cada vez más cerca de Le Pen (Frente Nacional). La elección del muy izquierdista Benoit Hamon como aspirante socialista podría favorecerle. Las encuestas también dicen que si lograra pasar a segunda vuelta, ganaría tanto a Fillon como a Le Pen.
La líder del Frente Nacional dijo hace tiempo que la división entre derecha e izquierda ha perdido importancia. Macron está de acuerdo, y ahí terminan las coincidencias. Ha comprendido que hay nuevas reglas. Los demás siguen con sus autocríticas, señalando lo mal que lo hace la Comisión, la exasperante frialdad de los burócratas de Bruselas, la falta de respuesta ante la crisis mientras Trump, Farage o Le Pen se han apropiado del término libertad. Es hora de ponerlos en evidencia. ¿Libertad? Europa es libertad. Y prosperidad. Esto es lo que sostiene Macron.
Es muy cómodo pensar que lo de Trump o el Brexit son victorias de unos manipuladores de las emociones. La evidencia muestra que no existe una separación nítida. Tenemos que movilizar, tenemos que emocionar, pero desde la razón y la verdad. Macron ha mostrado que es posible. ¿Autocrítica? Por supuesto, pero también positiva. La gente absorbe relatos. Pocos más emocionantes que el de la construcción europea, un continente destruido que dejó de lado sus diferencias ancestrales para ofrecer al mundo un ejemplo de solidaridad y cooperación. Decía que Europa es el mejor lugar del mundo para vivir. Lo es por su combinación de libertad, prosperidad y seguridad económica. Todo esto lo hemos construido nosotros, los europeos. ¿Acaso no es legítimo sentirnos orgullosos?
Los partidos tradicionales se muestran incapaces de combatir a los populistas y se limitan a asumir parte de su discurso. En la derecha, Sarkozy se empeñó en confundirse con Le Pen; en la izquierda, Jeremy Corbyn abraza el Brexit y se apunta al discurso contra los inmigrantes. Podemos y Syiriza coinciden con la extrema derecha en la exaltación de la vieja soberanía nacional. Macron, en cambio, recordaba hace poco que la única soberanía efectiva es la europea; abierta, inclusiva y tolerante. Y ahora que el voto nacional-populista tiene consecuencias. Ahora que no se puede dar a Europa por garantizada, es el momento de defenderla. Es el momento -como ha dicho Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo -de mostrar orgullo cívico y democrático por el mejor proyecto político que ha conocido la humanidad y proyectarlo para ofrecer confianza a una ciudadanía necesitada de certezas.
Si Macron alcanzara la presidencia francesa sería algo más que un respiro para la Unión Europea: supondría una innegable victoria de los valores ilustrados frente a la amenaza populista. Porque, para entendernos, Emmanuel Macron es el anti-Trump.

 

Macron, the anti-Trump

For years, the stupidest thing a candidate standing for election could do was speak about Europe. Any junior communications advisor would tell you this. It made no difference if you explained that global problems needed global solutions or that European legislation limited national governments’ capacity to act. The advisor would retort that no one understood this. And if you evoked the shattered Europe of 1945 to illustrate the historical meaning of the Union, he would say with exasperation, “People don’t want you to tell them about the past, they’re only interested in their problems in the here-and-now.”
I wonder what these advisors would think of Emmanuel Macron, France’s man of the moment. An independent candidate in the Presidential elections, Macron talks about Europe with all the groups that he meets, including students at Berlin’s Humboldt University, where he gave a lecture in perfect English in early January. Marine Le Pen then attacked him for speaking in a foreign language to a foreign audience. “Poor France,” she lamented. This is more than anecdotal. Macron is not the first politician to have given the EU a prominent position in his message: the National Front has been doing this for decades.
Geert Wilders and Nigel Farage also do this. We have paid very dearly for ignoring them in the belief that they would not amount to much. But Brexit has happened and Donald Trump has been elected. The dismantling of the EU is a viable anti-political project. Nationalist populism has succeeded in imposing its narrative. And while most of Europe’s politicians and commentators remain trapped in old habits, Macron has understood that it’s time to take up the challenge. “Do you, the people, want to talk about Europe, globalisation and nationalism?” Well, let’s do it then. In French and in English.
An expert in Hegel after graduating in philosophy, a pianist with six years of music school, an investment banker with a solid grounding in mathematics, an inspector of finances trained at the prestigious École Nationale d’Administration, minister of economy under President François Hollande, married to his former teacher (19 years his senior), Emmanuel Macron can say, before reaching 40, that he has lived. He has the sort of cosmopolitan profile that makes populists very nervous (speaking English, in Germany!) He cannot be said to have been a lamb reared in the fold of any party or trade union. He has no mortgages and has received a broad and varied education.
A few months ago, shortly after Brexit, Macron left the government and went it alone. He set up his their own electoral platform ‘En Marche !’ (On the Move) and quickly gained the support of thousands of French people, showing that there was, and remains, a rational, accessible and emotional message for those who wish to see constructive change and an updating of what has made Europe the best place in the world to live. The opinion polls currently give him 20% of the vote and climbing, tied with François Fillon (candidate for the right-wing Republican party) and catching up with Le Pen (National Front). The nomination of the very left-wing Benoît Hamon as Socialist Party candidate could benefit him. The polls also say that that if he can get through to the second round he would beat both Fillon and Le Pen.
The Front National leader said some time ago that the division between right and left has lost importance. Macron agrees, but that’s as far as comparisons between them can go. He’s taken up the challenge and understands that new rules apply. Others can go on criticising themselves, stressing the harm done by the Commission, the exasperating coldness of the Brussels bureaucrats and the lack of a response to the crisis. The populists and nationalists are rallying around our self-criticism, planting their flag and building a beachhead.
Have you been paying attention to them lately? Trump, Farage and Le Pen go on about freedom until the cows come home. They have made the word their own while we were busy with self-criticism. It’s time we accepted that the rules have changed, looked them in the eye and showed them up. Freedom? Europe is freedom. And prosperity. This is what Macron is arguing.
The results of recent elections have brought us back to the old debate between emotion and reason. It is very comfortable to think of Trump’s election or Brexit as victories of emotion. The evidence shows that there is no clear dividing line between the two. We need to act and to feel and appeal to emotion. But we need to do this from the starting point of reason and truth. Macron has shown that it is possible. Self-criticism? Yes of course, but it should also be positive.
People remember stories. There are few stories more exciting than the construction of Europe, the history of a shattered continent that put aside its ancestral differences to rise again, to give the world an example of solidarity and cooperation. Let us say that Europe is the best place in the world to live, because of its combination of freedom, prosperity and economic security, which has no equal anywhere in the world. We, the Europeans, built all of this. Should we not feel justifiably proud?
Traditional parties have shown they are unable to fight the populists. Their strategy has been to appropriate parts of their message and proposals. On the right Sarkozy stood in the Gaullist primaries on a platform mimicking Le Pen; on the left, Jeremy Corbyn, the British Labour leader, has embraced Brexit and adopted an anti-immigrant message. Podemos and Syriza stand with the far right in glorifying old-fashioned national sovereignty. Macron, however, recently pointed out that the only effective sovereignty in today’s world is European sovereignty; that is an open, inclusive and tolerant society.
And now that the nationalist-populist vote has become a reality and gained in strength it has taken form, opening up the possibility of a European counter-attack. Now that Europe can no longer be taken for granted it is time to defend it with something more than bureaucratic jargon. Now is the time — as Donald Tusk, President of the European Council just mentioned — to show our democratic and civic pride in the most worthy political project ever known, and to project it into the future as a way to give confidence to a European public in need of reassurances.
Macron winning the French presidency would be more than just a breath of fresh air for the European Union: it would an undeniable victory of Enlightenment values against the populist threat. To be clear, this is why Emmanuel Macron is the anti-Trump.

 

Macron, l’anti-Trump

Pendant des années, ce qu’un candidat pouvait faire de pis à l’occasion d’élections était de parler de l’Europe. Tout jeune conseiller en communication vous le disait. Vous aviez beau lui expliquer que les problèmes globaux nécessitaient des solutions globales ou que la législation européenne limite la capacité d’action des gouvernements nationaux, le conseiller vous répondait que cela, personne ne le comprenait. Et si vous évoquiez l’Europe en ruines de 1945 pour illustrer le sens historique de l’Union, il vous répondait irrité: «Les gens ne veulent pas qu’on leur parle du passé, mais de leurs problèmes d’aujourd’hui».
Je me demande ce que ces conseillers doivent penser d’Emmanuel Macron, l’homme du moment en France. Candidat indépendant à la présidence de la République, Macron parle d’Europe à tous ceux qu’il rencontre, y compris les étudiants de l’université Humboldt de Berlin, où il a donné une conférence dans un anglais parfait début janvier. Marine Le Pen l’a d’ailleurs attaqué pour s’être adressé dans une langue étrangère à un public étranger. «Pauvre France» a-t-elle dit. C’est plus qu’une simple anecdote. Macron n’est pas le premier dirigeant politique à mettre l’Union en bonne place de son discours: cela fait des décennies que le Front National procède de la sorte. Tout comme Geert Wilders ou Nigel Farage. Il nous en a coûté de l’ignorer, en croyant qu’ils n’allaient nulle part. Le Brexit a eu lieu et Trump a remporté les élections. Le démantèlement de l’Union est désormais un projet (anti)politique viable. Le populisme nationaliste a réussi à imposer sa marque. Et tandis que la majorité des dirigeants politiques et des analystes d’Europe restent englués dans leurs vieilles habitudes, Macron a compris qu’il était temps de relever le défi. Vous voulez parler d’Europe, de mondialisation, de nationalisme? Très bien, allons-y. En français et en anglais.
Spécialiste d’Hegel après son diplôme de philosophie, pianiste avec six ans de conservatoire, banquier d’investissement doté de solides connaissances mathématiques, inspecteur des finances de la prestigieuse École nationale d’administration, ministre de l’économie sous Hollande, marié avec son ancienne professeure de langue (de 19 ans son aînée), Emmanuel Macron peut affirmer, alors qu’il n’a pas 40 ans, qu’il a vécu. Il a ce profil cosmopolite et cultivé qui énerve tellement les populistes (en Allemagne en anglais!). Il ne s’agit certainement pas d’un enfant du sérail d’un quelconque parti ou d’un quelconque syndicat. Il n’a aucune hypothèque et dispose d’une largeur de vues qui est le fruit de sa vaste formation. Il y a quelques mois, peu après le Brexit, il a quitté le gouvernement pour se mettre à son compte. Il a créé sa propre plateforme, En Marche, et est parvenu en peu de temps à gagner le soutien de milliers de Français, démontrant ainsi qu’un discours disponible, rationnel et émotif est possible pour ceux qui souhaitent un changement non destructeur, une remise à jour de ce qui a fait de l’Europe le meilleur endroit du monde pour vivre. Aujourd’hui, les sondages lui donnent plus de 20 % des voix, avec une tendance à la hausse, à égalité avec Fillon (candidat des Républicains) et de plus en plus proche de Le Pen (Front National). Le choix de Benoît Hamon, très à gauche, comme candidat socialiste pourrait le favoriser. Les sondages indiquent aussi que s’il parvient au second tour, il gagnerait aussi bien face à Fillon que face à Le Pen.
La dirigeante du Front National affirme depuis longtemps que la distinction entre droite et gauche n’est plus pertinente. C’est le seul point sur lequel Macron est d’accord. Il a accepté le défi et il a compris que les règles avaient changé. Les autres peuvent continuer de marteler de leurs critiques tout le mal que fait la Commission, la froideur extrême des bureaucrates de Bruxelles ou l’absence de réponse face à la crise. Les populistes et les nationalistes en profitent pour conquérir le terrain et s’y installer.
Vous les avez observés récemment? Trump, Farage ou Le Pen parlent de liberté à longueur de journée. Ils se sont approprié le terme pendant que nous faisions notre autocritique. Il est temps d’accepter que les règles ont changé, de les regarder droit dans les yeux et de les dénoncer. Liberté? L’Europe, c’est la liberté. Et la prospérité. C’est ce qu’affirme Macron.
Les récents succès électoraux nous ont ramené au vieux débat entre émotion et raison. Il est facile de croire que la victoire de Trump ou le Brexit sont le fait de manipulateurs des émotions. Les faits montrent que la distinction n’est pas si nette. Nous devons mobiliser, nous devons émouvoir. Mais il faut le faire grâce à la raison et à la vérité. Macron a prouvé que c’était possible. Autocritique? Bien sûr, mais aussi critique positive. Les gens adorent les histoires. Et rares sont celles à être aussi émouvantes que la construction européenne, où un continent détruit a mis de côté ses oppositions ancestrales pour se relever et offrir au monde un modèle de solidarité et de coopération. Il disait que l’Europe est le meilleur endroit du monde pour vivre. Et ce parce qu’elle réunit liberté, prospérité et sécurité économique, ce qui n’existe nulle part ailleurs dans le monde. Tout cela, c’est nous, les Européens, qui l’avons construit. Et nous n’aurions pas le droit d’en être fiers?
Les partis traditionnels se sont montrés incapables de combattre les populistes. Ils ont préféré reprendre une partie de leur discours et de leurs propositions. À droite, Sarkozy s’est présenté aux primaires gaullistes bien décidé à ce qu’on le compare à Le Pen; à gauche, Jeremy Corbyn, chef des travaillistes britanniques, a largement accueilli le Brexit et commence à tenir un discours s’opposant aux immigrants. Podemos et Syriza suivent l’extrême-droite en exaltant la vieille souveraineté nationale. Macron, en revanche, rappelait il y a peu que l’unique souveraineté effective dans le monde d’aujourd’hui est la souveraineté européenne, ouverte, inclusive et tolérante. À présent que le vote national-populiste a pris corps et est devenu réalité, à présent qu’il a des conséquences, une contrattaque européenne est possible. À présent que l’Europe ne va plus de soi, il est temps de la défendre autrement que par un jargon bureaucratique. Il est temps, comme vient de le rappeler Donald Tusk, président du Conseil européen, de nous dire fiers de l’acquis citoyen et démocratique du meilleur projet politique que l’humanité ait connu, et de le projeter dans l’avenir pour rendre confiance à des citoyens en manque de certitudes.
Si Macron parvient à la présidence de la République, ce sera plus qu’un soulagement pour l’Union européenne: ce sera une victoire indéniable des valeurs des Lumières face à la menace populiste. Parce que, si vous ne l’aviez pas remarqué, Emmanuel Macron est l’anti-Trump.

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